«Cuando entro en un escenario, sé que puedo volar o caer»

Dulce Pontes (Montijo, Portugal, 1969) ríe todo el tiempo. Habla en español, un español que proviene de alguna parte del sur de la Península. Tiene esa capacidad de crear imágenes cuando describe las cosas que piensa. Es irónica, tan irónica que escuece. Su nombre trae a la memoria las palabras fado, delicadeza, cálido, mar.

Este 2019, se cumplen 30 años desde que Pontes, una de las artistas portuguesas vivas más importantes, comenzó a hacer música. Con motivo del aniversario, esta tarde, a las 20.30 h, dará un concierto en el Teatro Circo Price de Madrid, dentro del festival de música de invierno Inverfest. En él, interpretará las canciones de su último álbum, Peregrinação, y algunos de sus grandes éxitos.

Después de su cita en la capital, Pontes continuará surcando la geografía española con las siguientes fechas: La Coruña, el 8 de junio; Valencia, el 18 de julio; Gran Canaria, el 13 de agosto; y Tenerife, el 14.

Si tuviera que destacar tres momentos de toda su trayectoria, ¿cuáles serían?
El inicio, el medio y el final, al que no he llegado todavía [risas]. Pero, sí, el inicio en el teatro. También, el período con el maestro Ennio Morricone: haberlo conocido, trabajar con él todo ese tiempo que estuvimos de gira… Y, además, el momento en el que creí en mí como compositora.

Muchas personas opinan que usted es la renovadora del fado o la sucesora de Amália Rodrigues. ¿Qué opina de ello?
Comprendo esas afirmaciones, las agradezco mucho, pero no tengo ni idea de si soy la renovadora del fado… Amália nunca tendrá sucesora, porque Amália era Amália. Y luego yo tengo mi propia identidad. My name is Bond [risas].

¿Qué le diría si pudiese hablar con ella, ahora?
Le dije, personalmente y en vida, que nadie la amaba más que yo. Claro que mucha gente la ama, pero me vino de dentro y es lo que siento.

En ocasiones ha explicado que el fado es un estado de ánimo muy intenso que requiere aprender a desnudarse. ¿Alguna vez ha sufrido sobre el escenario?
Sí, el fado requiere esa desnudez, pero por lo general todas las músicas la requieren. La bohemia, Alfonsina y el mar, por ejemplo. Hay temas que requieren un orgullo interior muy, muy fuerte. Y sí, muchas veces he sufrido.

¿A qué atiende cuando lo canta?
Están la interpretación y la técnica (que tiene que estar olvidada). Es un equilibrio, pero uno no está igual todos los días, es un ser humano. Hay veces en las que por algunas razones, no importa cuáles, uno no está igual y siente frustración. En esas veces, aunque la gente esté feliz y sintiendo lo que está pasando ahí , yo, por dentro, no estoy satisfecha porque, por algún motivo, no me he dado de la forma en la que quería. En ese aspecto soy muy exigente conmigo misma.

¿Eso le impide disfrutar a veces de lo que hace?
Hay momentos en los que tengo que enfocarme mucho, mucho. Porque, por ejemplo, puedo estar con una gripe, con algún dolor  (y no solo físico, sino también del alma), pero yo sé que tengo que concentrarme en lo que estoy haciendo. Y eso lo hago bien.

¿Qué piensa antes de entrar a un escenario?
Cuando entro en un escenario, sé que puedo volar o caer; o que puedo hacer las dos cosas a la vez [risas]. O caer y levantarme. Pero se trata de un vuelo. Es eso y nada más.

¿Se siente cómoda en la categoría de world music?
Todo tiene que tener etiquetas, pero qué remedio… Yo antes no tenía etiqueta. Me decían en las discográficas: “No sabemos dónde ponerte”.

¿Y si pudiese ponerse una?
“Expresión de la música en libertad”, pero no existe [risas]. Bueno, sí existe, la gente la entiende, el público la entiende.

Cambiando de tema, ¿qué papel tiene la música  portuguesa dentro de Europa? ¿Está bien valorada?
Creo que sí, desde que el fado se puso de moda… Luego, como todas las modas, tiene lo bueno y lo malo, pero sí disfruta de más exposición que antes.

Antes era Amália únicamente, que salió de Portugal y llevó nuestra lengua a los cantos del mundo. Luego, Madredeus y, después, yo. Y, a partir de 2003, empezó esta cosa del fado como Patrimonio de la Humanidad y comenzó una nueva generación de fadistas, sobre todo mujeres, y cada vez hay más saliendo fuera de mi país.

¿Cree que el éxito de Salvador y Luísa Sobral ha contribuido?
Creo que es una expansión más. No pienso que tenga una representatividad muy grande. Madredeus y yo, cuando empezamos a salir de Portugal, veníamos como saliendo de África con una lanza en la mano.

¿Qué diferencia hay entre su yo de la edición de Eurovisión de 1991 y el actual?
Unos añitos más [risas].

¿Y que le dan esos años?
Sobre todo, la gente con la que tuve la suerte de trabajar, entre quienes destaca el maestro Ennio Morricone, sin duda. Y muchos músicos y cantantes con los que he aprendido.

Hace poco, Morricone comunicó su despedida del mundo de la música. ¿Qué destacaría de su personalidad?
La extrema humildad, que muchas veces es mal interpretada; su forma de servir a la música y no utilizarla; su exigencia consigo mismo; su capacidad de sobrepasar los problemas físicos (porque tiene noventa años) y de poner toda su conciencia en lo que está haciendo, con total entrega. Es una persona maravillosa que comparte la comida de su plato.

¿Y además?
Todo eso y el rigor. También, la disciplina y músicas lindas para cantar, en las que me encuentro muy feliz y privilegiada, porque lo considero el último gran compositor vivo.

Es difícil elegir una canción favorita, pero si tuviese que decir una…
Lo fácil sería contestar Canção do Mar.

¿Y lo difícil?
Ondeia.

¿Alguna explicación?
Canção do Mar, porque ha sido mi pasaporte con la inclusión en esa película, Primal fear [Las dos caras de la verdad, de Gregory Hoblit]. También A Brisa do Coração, el primer tema que canté de Ennio. Por otra parte, Ondeia es una canción que tiene mucho de mi vida dentro.

En 2008, realizó una gira de fusión con Estrella Morente, Dulce Estrella
Jo, la echo de menos, a mi querida hermana Estrella. Estuvimos juntas la última vez en Mérida. Otra vez, en Finlandia, coincidimos en el mismo teatro y me dejó una cartita con letras de un fado en el camerino. Yo pedí estar exactamente en el mismo camerino que ella. Seguimos juntas a pesar de que estemos lejos. Estrella es una amiga, como una hermana para mí.

¿Qué tienen en común el fado y el flamenco?
Son músicas de la misma raíz. El fado tiene una forma más íntima, más adentro; y el flamenco es más desgarrado, más afuera.

¿Qué otras hermanas o madres tiene en la música a parte de Rodrigues y Morente?
Oh, tantas… Diane Schuur, Janis Joplin, Barbara Streisand, Elis Regina, Aretha Franklin. Muchas mujeres.

¿Podría contar algo sobre su nuevo álbum?
No [risas]. No, todavía lo estoy desarrollando. Solo puedo decir que es un proyecto con Daniel Casares.

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