James Rhodes: «¿Dentro de 200 años seguiremos escuchando ‘Despacito’ o a Justin Bieber?»

James Rhodes nos recibe descalzo en su casa de Madrid. Lleva diez días viviendo en un pequeño piso del centro cuando nos reunimos con él, dos días antes de su concierto en el Teatro Real. El hombre que contó cómo abusaron sexualmente de él a los cinco años -aunque Rhodes prefiere la palabra violación-, su adicción a las drogas y al alcohol, su ingreso en un hospital psiquiátrico y sus intentos de suicidio, en su polémica autobiografía, Instrumental (Blackie Books, 2015), sonríe y se emociona cuando habla de música clásica porque fueron los compases de Bach los que salvaron su vida.

El pianista, que llegó a la música clásica por accidente después de encontrar una vieja cinta de las Variaciones Goldberg de Bach, bromea con el fotógrafo y nos pide perdón por el brexit. Está aprendiendo español «despacito» porque no quiere ser uno de los «típicos ingleses que pasan años aquí y no saben español, como Gareth Bale» y prepara un nuevo libro para noviembre. Aunque en el salón de su casa suena el piano del español Javier Perianes -«es el mejor clásico de España, sería increíble encontrarmele en la calle, le amo»- reconoce que no puede sacarse de la cabeza la canción de Luis Fonsi y Daddy Yankee, Despacito.

¿Le gusta Despacito?
La odio, pero me encanta. Es una canción divertidísima. Escucho todo tipo de música y odio la segregación en géneros porque, en realidad, todos son lo mismo. Pero prefiero la música clásica porque las piezas son más largas y, a veces, es más complicada que el resto de géneros.

¿Cuándo empezó a llamarle la atención el mundo de la música?
Era muy joven. Fue cuando tenía siete años. Descubrí una cinta con una pieza de Bach y me enamoré perdidamente de ella. Fue como una pastilla mágica y lo sigue siendo. Llegué a la música clásica por suerte, porque encontré esa cinta. Gracias a Dios no encontré una cinta de Enrique Iglesias. ¿Te lo imaginas? [risas] Aunque hayan pasado los años, la música clásica sigue teniendo el mismo efecto sobre mí.

Las series son como los antidepresivos, pero más baratas y sin efectos secundarios

Cuando empieza a tocar el piano odia a Mozart, ¿por qué?
Porque por aquel entonces no le entendía, pero ahora le adoro, es mi Dios. He llegado a comprender su genialidad. Cuando era niño estaba mucho más allá de mi entendimiento y su música me parecía demasiado sencilla, pero ahora soy capaz de ver lo complicada que es la simpleza. Me pasa también con Wagner. Le odio, pero puede que en diez años le ame de forma incondicional.

¿Por qué decidió escribir Instrumental?
El libro fue una oportunidad para hablar de las cosas que amo, como mi hijo o la música, pero también fue importante porque me permitía hablar de cosas que son difíciles y de las que necesitamos hablar más a menudo, como las enfermedades mentales o las violaciones infantiles. Quería hablar sobre todas esas cosas que se supone que debemos llevar en secreto. Habría sido un poco raro escribir este libro solo con las cosas buenas, pasando de lo malo. Quería escribir sobre todo lo que me había pasado y eso hice.

¿Ha perdonado al profesor que le violó siendo niño?
No [silencio] La expresión que solemos decir, eso de que “el tiempo cura todas las heridas” es mentira. La gente me dice que tengo que perdonar para sentirme mejor, pero no lo creo. A los que les haya funcionado, bien por ellos, pero eso no es para mí.

¿Ha conseguido vencer la vergüenza que siente cada vez que piensa en ello?
Todavía no. Creo que va a estar ahí siempre. En algunas ocasiones desaparece, pero siempre está ahí.

El pasado 20 de julio el cantante de Linkin Park, Chester Benington, decidió quitarse la vida ¿cree que las violaciones que sufrió de niño pueden haber influido en su decisión?
Por supuesto [silencio]. No le conocí y no soy médico, pero creo que algo ha tenido que ver. Hace poco leí una entrevista en la que decía que, al volver a casa de su madre vio una fotografía de cuando era pequeño y se puso a llorar preguntándose cómo alguien pudo haber sido capaz de hacerle lo que le hicieron.

En su libro dice que tiene un agujero negro en su interior que «nada ni nadie parece poder llenar».
Sí y creo que todo el mundo lo siente porque forma parte de la condición humana. Lo importante es que he encontrado cosas que me llenan y que me sirven para sobrevivir a todo lo que he pasado, como la música o escribir. Todos sentimos ese vacío, pero no todo el mundo lo dice.

El piano ha sido su vía de escape.
Sí, fue lo primero que traje a este piso. Es como un milagro. Me siento feliz, libre y amado cada vez que toco. También he tenido otras vías de escape, como mi hijo o mi pareja que me han ayudado a ver la vida de otra forma. La televisión y las series también, son como los antidepresivos, pero más baratos y sin efectos secundarios.


¿Por qué cree que seguimos escuchando a Beethoven, Bach, Mozart o Chopin?

Es una buena pregunta. ¿Dentro de 200 años seguiremos escuchando el Despacito o a Justin Bieber? No lo creo, pero seguiremos escuchando a gente como Beethoven o Bach porque su música es inmortal. Pasa algo parecido con la literatura. Seguiremos estudiando a Shakespeare, Milton o Cervantes.

Hay cosas que son atemporales, es la magia de la música. Por eso me vuelvo loco cada vez que alguien dice que la música clásica es irrelevante, algo del pasado o que no está hecha para la gente joven si no para gente con dinero. La música clásica es algo extraordinario y lo que más me gusta de Instrumental es la lista de reproducción que he creado para que la gente escuche a Chopin, Bach o Rajmáninov y disfruten de su música.

Cuando dio su primer concierto, a los 31 años y en un momento de su vida en el que se autolesionaba, todo le daba vergüenza, incluso comer, ¿por qué decide sentarse frente a un piano ante 300 personas?
Porque soy un puto idiota [risas] No lo sé. No quiero sonar pretencioso, pero creo que fue porque pensaba que no podría hacerlo y me apetecía hacerlo. Es como cuando tienes una cita y estás muy nervioso y no quieres ir porque piensas que todo va a salir mal, pero después tienes una cita maravillosa y te encantaría volver a quedar.

Da los conciertos con vaqueros, zapatillas y camisetas.
¿Y por qué no iba a hacerlo? No hay ningún otro género musical en el que te digan cómo te tienes que vestir. ¿Te imaginas que a Chris Martin, el cantante de Coldplay, le dijeran que para dar un concierto tiene que llevar frac y pajarita? Es ridículo. Cuando doy un concierto me gusta estar cómodo. No me visto así para ser diferente o para llamar la atención, lo hago porque no me apetece llevar una americana.

Todos sentimos un vacío, pero no todo el mundo lo dice

Son reglas como esa las que hacen que la música clásica sea vista como algo inaccesible. Me pone enfermo. Si vas a un concierto y haces un solo ruido, la gente te increpa para que te calles. Es como si estuvieras en una jodida iglesia, es una locura. Cuando era niño iba a concierto para ver a mis héroes, como Martha Argerich, Daniel Barenboim o Krystian Zimerman, y habría dado lo que fuera porque se acercasen al público y explicasen lo que iban a tocar y por qué habían elegido esa pieza. Por eso dedico unos minutos para hablar con mi público, porque son lo más importante. Es un error ignorar a la audiencia.

¿Tocar el piano le genera síndrome de abstinencia?
Sí, por supuesto. Acabo de volver de Portugal y me estaba volviendo loco porque llevaba tres días sin tocar. Me siento muy culpable cuando no puedo tocar y, por suerte, el piano que tengo aquí tiene auriculares para que pueda tocar a las tres de la mañana o cuando los vecinos se están echando una siesta.

¿Cuál es su mayor sueño?
[Silencio] Menuda pregunta… No lo sé [silencio]. Solo tengo claro que quiero ser mejor, mejor pianista y mejor persona.

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