«Las nostalgias no son buenas compañeras»

Mikel se acerca al estudio con ajetreo, pero con la sonrisa puesta. Nos preparamos para conversar y, al preguntarle cómo se encuentra, responde: «Feliz, muy feliz». El que fue la voz de Duncan Dhu junto a Diego Vasallo publicó la semana pasada su nuevo disco, El último vuelo del hombre bala.

Con este trabajo cierra la trilogía que empezó con Corazones (2015), un disco que nace de los problemas de salud; y que continuó con El hombre sin sombra (2017), tras una etapa difícil en el amor. Pero, ahora, las únicas fuerzas que propulsan al hombre bala son la «luz y la esperanza».

Pone punto y final a la trilogía que llama, junto con Paco Loco, El puerto de Santa María pero, ¿empezó este proyecto con la intención de ser una trilogía?
Es curioso, nunca grabamos Corazones con la idea de hacer una trilogía. Empecé pensar que podía serlo con El hombre sin sombra, porque pasaron una serie de cosas que repetí en este segundo disco. Después de esto, El último vuelo del hombre bala sí lo plantee desde el principio como el cierre de esta trilogía. Estoy muy contento por cómo ha quedado y por el remate: este disco resume los dos anteriores, no habría existido sin ellos y va un paso más allá, por lo que estoy feliz.

Este resumen recoge mucha energía. Deja a un lado la parte acústica que lo ha definido todo este tiempo y opta por el sonido de la guitarra eléctrica y las distorsiones.
Efectivamente. De momento, abandono el sonido de las guitarras acústicas, el más característico de mi música; me apetece seguir trabajando en este sonido eléctrico que hemos descubierto con este álbum. Y no solo es un disco más eléctrico, también es un disco mucho más positivo. El último vuelo del hombre bala mira hacia el futuro de una manera mucho más optimista y eso se nota en la música.

Este optimismo se percibe, en comparación con los otros dos, a la hora de tratar temas como el amor. ¿Es El último vuelo del hombre bala un disco de esperanza?
Sí, por eso estoy contento con el cierre. Paso de una etapa dramática tras un susto importante a, seis años después, reflejar solo luz y esperanza. Los otros dos eran más dramáticos: Corazones giraba en torno a mi paso por un hospital y El hombre sin sombra trataba de una época bastante crítica en mi relación de pareja. En cambio, este disco lo hago con los dos corazones, por fin, sanos; tanto el sentimental como el físico.

Repasando su discografía me encuentro con un tema de 1992, Jugando con el tiempo (Náufragos); suena «soy la daga que cruzó / la hiena, el escorpión / y tú la flor que vive al lado». Es el estribillo del primer sencillo de este nuevo disco (Déjalo estar) ¿Por qué rescató parte de esta canción de los primeros años en solitario?
Es un pequeño guiño a los «muy fans». Surgió de una manera muy inocente. Estaba escribiendo la letra y me faltaban un par de líneas, estuve atascado durante muchos días. De repente, sonó Jugando con el tiempo y, al escuchar esa frase, pensé que podía encajar. Incluso me pareció curioso añadir una parte de una canción que fue single a otra que también lo es ahora. Es un pequeño plagio a mí mismo.

Repite el proceso de grabación junto a Paco Loco, en su estudio de Cádiz; y también con cinta analógica, ¿le ha conquistado este sonido para siempre?
A los tres discos les unen las maneras y las formas, porque todos los hemos hecho Paco Loco y yo. En su estudio hacemos una pequeña reivindicación del sonido analógico, vintage. Siento que han nadado un poco a contracorriente en esta época digital en la que estamos sumergidos. Mientras me lo pueda permitir, porque cada vez es más caro grabar en analógico, lo seguiré haciendo.

¿Le parece frío el digital?
Sí, es lo que suena habitualmente en la radio ahora. Escuchas un disco de los años setenta y un disco de ahora y no hay color. Me gusta mucho más cómo sonaban antes.

Bunbury le dedica unas palabras, dice que «Mikel es el mejor letrista para las canciones de Mikel», ¿está de acuerdo con esta afirmación? En el pasado, ha colaborado con grandes letristas y poetas, como Jesús María Cormán; pero durante esta etapa, todas las letras son de su puño y letra.
Sí, estoy de acuerdo y es el mejor piropo que me puede decir. Que alguien como él me dedique estas palabras me produce una satisfacción enorme, porque Bunbury es muy bueno en esto. Lo que más me ha costado siempre es hacer letras, las escribía de una manera esporádica. En esta trilogía he escrito todo el material yo, tanto música como letra.

¿Le ha ayudado en algún aspecto escribirlas?
Escribir me ha ahorrado horas de psicólogo y de diván. Los tres discos son autobiográficos, están escritos en primera persona. Giran en torno a mí y a mis temores y fantasmas. Por lo que me ha venido muy bien.

Y no solo escribe todas las letras del disco, sino que toca casi todos los instrumentos.
Las maquetas siempre las he grabado yo, pero cuando llegaba al estudio siempre había músicos mucho mejores. En Corazones, Paco me propuso un viejo sueño: tocar todos los instrumentos. Me gustó mucho el resultado. Lo que dice Bunbury sobre las letras yo lo aplico un poco a todo. Al final, hay mejores guitarristas que yo, pero me gusta como le sientan a mis canciones mis guitarras. Al igual que también creo que les sienta muy bien mi forma de tocar el bajo, por ejemplo.

Hay dos canciones en las que se detecta una cierta crítica social: La vereda y Animales heridos.
Son dos canciones que tienen rabia. Las escribí hace un año y medio, pero podría haber escrito ayer: nada ha cambiado, lo que me da mucha rabia. Hablan del poco entendimiento que hay en la sociedad y la poca predisposición a la hora de arreglar los problemas. Es algo que me enfada bastante. Por ejemplo, tenemos una clase política que me produce mucha pereza.

¿Cómo imagina una sociedad en la que no fuésemos «animales heridos»?
Viviríamos en una sociedad en la que seguiríamos siendo animales, pero no heridos. Estamos así porque se juega mucho con nuestra dignidad, tal y como cuento en la canción. En otra sociedad, quizá más ideal, seríamos animales… Felices.

En la otra canción, La vereda, canta: «Hoy es ayer y mañana es ahora». ¿Piensa mucho en el paso del tiempo?
Es algo que me afecta mucho, y más desde que pasé por el quirófano por los problemas de corazón. Desde entonces, me dedico a vivir el día a día de una forma más intensa. Musicalmente, no creo en el pasado, sino en el presente y en el futuro. En realidad, el hilo conductor del álbum es el paso del tiempo y en La vereda hablo de pensar en el ahora, porque hay que vivir siempre mirando hacia delante. Las nostalgias no son buenas compañeras de viaje.

Ha colaborado con una larga lista de artistas del pop-rock español, ¿quién falta por añadir?
Todavía queda gente a la que llamar a la puerta. Me gustaría colaborar con artistas de nueva generación como Vetusta Morla, Ángel Stanich y Quique González.

En 1992 publica tres discos en un mismo año. En la actualidad ha estado sacando EPs y los discos se separan en períodos más largos. ¿Se grababan los discos antes de una manera más intensa?
Yo sigo trabajando de una manera bastante intensa. Los dos últimos discos han salido en un intervalo de dos años, pero entre uno y otro, como dices, he ido sacando EPs. Son otros tiempos, pero no he dejado de hacer cosas. Probablemente, entre este disco y el siguiente, haré alguna cosa porque en esta grabación se ha quedado fuera una canción que me gusta mucho.

¿Y qué se ha planteado?
La canción dura siete minutos y no ha entrado por minutaje, pero me gusta tanto que estoy construyendo tres canciones más para grabarla y hacer un EP antes de fin de año.

¿Hacia dónde se dirige el hombre bala en su último vuelo?
A partir de ahora, el disco ya no es mío, es de todos. Lo más importante es que me guste a mí, y en ese sentido estoy orgulloso porque lo veo un disco sin fisuras. Lo que espero es que le llegue a mi público y que a este le guste y lo acepte.

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